jueves, 9 de noviembre de 2017

Entrevista a Fernado Chivite en Noticias de Navarra

Chivite “coge aire” de lo “ajeno” en su nueva novela, ‘El invernadero’

Editada por Baile del sol, es una obra realista “sobre el transitar en el mundo de hoy”
FERNANDO F. GARAYOA | PATXI CASCANTE - Viernes, 2 de Diciembre de 2016 - Actualizado a las 06:08h
Fernando Chivite, en la librería Auzolan, donde presentó su último libro.
Fernando Chivite, en la librería Auzolan, donde presentó su último libro. (PATXI CASCANTE)

PAMPLONA 
- “No estaba seguro de lo que quería contar. Empecé a escribir sin un verdadero plan, esa es la verdad. Sin una historia definida. Sin una arquitectura. Pero lo cierto es que siempre ha sido así, en todas mis novelas anteriores. Supongo que no sé escribir de otro modo. Solo tenía el principio, la voz del narrador”. De esta forma explica Fernando Chivite el punto de partida de su último libro El invernadero, que presentó ayer en Auzolan, “como siempre”, acompañado por Fernando Pascual, socio de la referencial librería pamplonesa.
Tras barajar varias opciones, entre las que figuraban Iceberg o Gente nueva, el escritor navarro se decidió finalmente como título por El invernadero porque “es más sugerente, por la ambigüedad y lo que representa. Me gustó la palabra. Me gustó cómo sonaba. Pero no solo eso. Hay un invernadero. El invernadero como tal es un espacio que alberga a un personaje especial para la trama. Por otro lado, la novela dura lo que dura un invierno; empieza poco antes de Navidad y acaba el 20 de marzo. Es como un tiempo entre paréntesis en el que el narrador está fuera de su entorno, de su lugar, de su zona de seguridad, en una ciudad ajena que desconoce y en una actitud de observar atentamente y reflexionar sobre lo que ve a su alrededor y lo que está pasando. Los escritores nos pensamos mucho lo del título y nos lleva a verdaderos atolladeros de cabeza, y no estamos seguros de cuál es el mejor; de hecho, este me lo sugirieron, por lo que no es del todo original”.
Esta novela desempata la producción literaria de Fernando Chivite, que hasta el momento había publicado cinco libros de poesía y cinco de narrativa. “Mi primer libro fue uno de poemas que editó Pamiela, hace ahora justo 30 años, que llevaba por título La inmovilidad del perseguido”, rememora el autor, para, acto seguido, destacar especialmente, a modo de clave argumental y descriptiva de la obra, “la necesidad de coger aire en lo ajeno”. Una búsqueda vital que “se lee fácil, ya que la frase corta favorece el ritmo y está escrita un poco fragmentariamente, tratando de hacer un puzle, en capítulos pequeños”.
Chivite hizo también especial hincapié en la frase que abre el libro, “por iluminadora”. La cita, de Max Frich, dice así: Un anhelo de gente nueva para quienes uno mismo sería también desconocido. “Frich me influenció muchísimo y esta novela, en su estructura y planteamiento, hace homenaje a una de sus obras, Montauk”.
En lo concerniente al género de esta obra, Chivite reflexionó sobre el “auge que existe ahora, un alud de producción de literatura popular, sobre todo en los subgéneros de fantástica, policíaca, histórica, erótica, e incluso, a veces, una mezcla de los cuatro, tipo Juego de tronos. Este nuevo género que está triunfando parece que nos está enterrando un poco, hasta el punto de que no encuentro resquicio por el que se nos pueda ver a nosotros. Esta novela no tiene nada que ver con eso. Yo diría que es realista contemporánea, en el sentido de que los personajes que aparecen son de hoy en día. Y muchos de ellos están basados en personas que me resultan cercanas o en historias que me han contado que suceden ahora. Por eso el núcleo de la novela es el movimiento, lo que cambiamos. De hecho, está ubicada en Berlín, un ciudad que representa el cosmopolitismo norteamericano pero en Europa, por su diversidad de gentes, razas, procedencias... y por eso me gustaba que estuviera ubicada en esa ciudad”.
Fernando Pascual, por su parte, quiso resaltar la voz narrativa de esta novela, “que va ganando en intensidad”. En este sentido el escritor navarro matizó que “los que escribimos en primera persona, desde el yo y en presente, se supone que utilizamos esa voz porque narra con verdad lo que ve en ese momento. Y por eso es muy fácil que el lector identifique a ese narrador con Fernando Luis Chivite, sobre todo el que me conoce... Pero no, el narrador es mucho más valiente que el autor, siempre, porque intentamos mejorarnos un poco. Y, además, está ese pudor real del escritor que calla muchas cosas; no hay que cometer la equivocación de identificar la voz del que habla con el escritor que firma la novela”.
CLARIDAD Y TONO Chivite huye en su relato de toda retórica, buscando la claridad. “Supongo que no siempre ha sido así. A ciertas edades uno tiende a ponerse enfático. Es natural. Pero acabas aburriéndote de eso. La solemnidad suele ser un poco pesada y yo quería hacer una novela que fuera todo lo contrario a pesada. Luego, además, hay una cosa que inevitablemente ocurre: la vida te acaba enseñando a no tomarte demasiado en serio. En esta novela he tratado de huir del exceso de literatura. Para mí lo más importante es encontrar el tono: un tono creíble. Y mantenerlo hasta el final”. Precisamente, respecto a ese tono, el escritor destaca que “la voz es el alma, decía Aristóteles. Para un escritor, el tono de voz lo es todo. Escucha a ese tipo que te habla: en su tono de voz puedes percibir de inmediato si te habla con respeto o no. Si te trata como a una persona inteligente o te trata de imbécil. O te habla como a un niño. Si pretende asustarte, sorprenderte, contarte una bobada inverosímil. Por otra parte, en la mayoría de los casos uno nota con bastante rapidez si un libro está o no escrito para él”.
EL LIBRO
Edición. Cuenta con 189 páginas y sale a la venta al precio de 14,56 euros.
La historia. El invernadero es una historia contemporánea. De cosas que les pasan a la gente de ahora. Un escritor viaja a Berlín tras las huellas de un científico con el que compartió la juventud y encuentra a una misteriosa joven uruguaya que huye de algo. El tema de fondo de la novela es el individuo en constante movimiento, la incertidumbre moral y la necesidad de salir y coger aire en lo ajeno. La narración se ramifica a medida que cada personaje nos lleva a otro. Podríamos decir que se trata de una novela de personajes secundarios cuyas trayectorias vitales se entrecruzan durante un instante y luego se pierden. Una obra sobre el transitar en el mundo de hoy, escrita en el tono inmediato y urgente de la primera persona, con una prosa transparente, de frases cortas y lectura rápida.
Auzolan. “Amo esta librería de San Gregorio-apuntó Chivite-, fue el abrevadero intelectual de mi juventud. Y siempre le he tenido lealtad porque ha sido mi nicho primigenio; y nunca robé aquí, porque le tenía respeto, en otras sí (risas). Entraba todos los días y era como respirar”.

OBRAS SON AMORES: Juan Pardo Vidal, ARQUÍMIDES ESTÁ EN EL TEJADO


lunes, 6 de noviembre de 2017

Entrevista a Isabel Bono en Diario Sur

«Mi trabajo no es escribir, es podar textos»



Isabel Bono presentará sus libros en Málaga el 13 de noviembre y el 4 de diciembre. :: ñito salas 

Isabel Bono hace doblete en las librerías con sendos libros de poemas: 'Lo seco' y 'La canción de Mercurio'



Antonio Javier López

ANTONIO JAVIER LÓPEZ
«Desde niña quiero dejar un registro de lo que pasa». Más o menos, desde que a los nueve años le regalaron un diario y empezó a poner por escrito lo que veía y vivía en sus sueños. El siguiente paso fue desear, desear muy fuerte, que algunos viernes por la tarde, cuando las amigas fueran a buscarla para jugar en la calle, su madre les contase que estaba castigada sin salir. Aunque no lo estuviera. Porque así ella podía dedicarse a escribir, a dibujar, a montar puzzles y sueños. Esa soledad escogida, sin drama ni miedo, cruza las páginas de 'Lo seco' (Bartleby Editores), el libro de poemas donde Isabel Bono recupera a esa niña que tomaban por loca. «Toda mi obra es, de alguna manera, un ejercicio de memoria, una forma de dejar una huella de lo que sucede a mi alrededor», avanza.
«Nunca serviréis para nada/ ése era el mensaje/ pero nada nos detenía/ carne de escalón y naranjos/ naranjas amargas sobre las aceras/ siempre en obras las calles del invierno/ siempre al acecho/ lo que se volvería memoria/ nunca servirás para nada/ y el mensaje no me detuvo», escribe Bono (Málaga, 1964) en el poema 'enero en la sangre'

Toda mi obra es un ejercicio de memoria», reflexiona la poeta y novelista malagueña, premio Café Gijón 2016 con 'Una casa en Bleturge'
«Escribo casi en trance, en plan médium. Cuando digo que me dictan los poemas no es un chiste, tampoco es que oiga voces ni cosas así, sólo que siento la escritura de esa manera», comparte Bono mientras levanta los hombros. «Por eso creo que mi trabajo no es escribir, mi trabajo es podar los textos», abrocha la escritora, premio Café Gijón 2016 con su primera novela publicada, 'Una casa en Bleturge' (Siruela).
Porque a Bono no le gusta escribir, le gusta «estar escribiendo», el acto mismo, físico, de escribir, desde la pequeña agenda que lleva siempre en el bolso hasta los correos electrónicos que envía con forma y corazón de poemas. Algunos de esos mensajes los ha reunido, tal cual, en 'La canción de Mercurio' (Baile del Sol), también recién llegado a las librerías.
«Los editores de Baile del Sol son un cielo y cada vez que me piden un libro, les mando el más raro que tengo. Les envié este, y mira», concede Bono con una sonrisa antes de añadir una breve explicación sobre sus mensajes, que muchos guardan como oro en paño servido en su bandeja de entrada.
Le sucedió, por poner un ejemplo, al escritor Fernando Luis Chivite, que cayó en la tentación de responder a Bono con su misma moneda métrica allá por el 9 de agosto de 2009: «oye, bono/ eso era un poema/ (...) me quedé leyéndolo/ como quien lee un poema con los labios/ pegados y haciendo presión/ en las cejas, igual que cuando lees un poema...».
El fragmento aparece en la contraportada del nuevo libro de Bono en Baile del Sol. En la editorial tinerfeña ya hicieron honor en 2014 al carácter arriesgado que les pondera la escritora, metiendo en la imprenta la pequeña delicia que fue 'Cahier'. En aquel libro, Bono componía sus versos a partir de palabras y frases recortadas de los periódicos. De nuevo la poda como herramienta de escritura, como recordó el poeta Jesús Aguado al hilo de 'Cahier'.
«Cuando apareció el invento del correo electrónico -sigue Bono-, la gente mandaba unos ladrillos impresionantes. Mi forma de que llegue lo que quiero decir es estructurarlo con forma de poema. Mucha gente al recibirlos, me decía 'Qué poema más bonito me has mandado', así que, después de siete años sin escribir poemas, pensé en recopilar algunos de esos 'e-mails' que a la gente le habían parecido poemas».

Doble cita en Málaga

Llega Bono por partida doble a las librerías, pero cada novedad tendrá su sitio, su protagonismo, en la agenda cultural de la ciudad. 'Lo seco' se presentará el próximo día 13 en el Centro Cultural María Victoria Atencia (C/ Ollerías, 34) de la Diputación Provincial. Y el 4 de diciembre (también lunes) será el turno de 'La canción de Mercurio' en la sede del Centro Andaluz de las Letras (C/ Álamos, 24) de la Junta de Andalucía.
Libros sobre la infancia y la soledad, sobre la amistad como una de las bellas artes, versos como espejos donde mirar lo que fuimos, donde comprobar lo que ahora somos (o eso parece) al leer, por ejemplo, los versos centrales de 'qué tarde fue siempre para todo', donde Bono certifica: «con el tiempo, aprendimos/ a guardar las distancias/ a guardar la ropa, a no nadar/ a hundirnos con prudencia/ sin sobresaltos sin drama/ sin tiempo para tomar aire».
Lo dice aquella pequeña que sólo quería escribir por el placer de hacerlo, «la niña con gafas que no le temía a nada».

http://www.diariosur.es/culturas/trabajo-escribir-podar-20171105000736-ntvo.html


OBRAS SON AMORES: José Blanco, MEMORIA DEL CAOS


domingo, 5 de noviembre de 2017

Reseña de CÓMEME de Agnés Desarthe en NI UN DÍA SIN LIBRO


CÓMEME, AGNÉS DESARTHE (BAILE DEL SOL)


Gracias a la editorial Baile del Sol (rescatadora de auténticas joyas) nos llega esta atípica novela francesa, Cómeme, de Agnés Desarthe, autora que ha publicado en España en editoriales tan variopintas como Mondadori o Periférica.
 

Cómeme es la historia de Myriam y el nacimiento de su nuevo proyecto vital, su restaurante Mi Casa. Sin apenas nada (sin familia, sin casa – viven en el restaurante –, sin dinero) comienza un proyecto lleno de incertidumbres en el que como lectores compartimos angustia con la protagonista.
Poco a poco vamos descubriendo aspectos de la vida privada de Myriam (parte de su familia asiste a la inauguración del restaurante, su hermano – familiar más cercano a ella – la visita varias veces) que nos ayudan a comprenderla en el mundo. Y parte de su nueva vida la une a otros personajes que a la postre se convierten en su nueva familia (el vecino Vincent, dueño de una floristería, Simone y Hannah, sus dos clientas fetiche, o Ben, su inesperado primer empleado).



Pero todo este envoltorio no es más que, utilizando el lenguaje culinario del libro, el primer plato. Porque Myriam tiene una vida anterior, llena de oscuridades, que poco a poco se nos va desvelando de forma inevitable, como si el pasado (el de ella, el de todos) fuese como esos pueblos sumergidos tras la construcción de un pantano, que la sequía los vuelve a sacar a la luz como tenebrosos fantasmas).

Poco quiero desvelar de esta vida de Myriam que aparece con la sequía. Un hijo innombrable, un episodio que lo rompe todo y que obliga a la huida. Y la aparición repentina que une presente y pasado. Y que lejos de ser trágica, consigue con el choque la posibilidad de atisbar un futuro lleno de posibilidades.

Gran final para una historia que da mucho más de lo que promete al principio, y con la que he encontrado conexiones con una novela francesa que he leído hace poco (y reseñado también aquí), Canción Dulce (Leila Slimani, editorial Cabaret Voltaire), con la que tiene muchos elementos en común.

Si te gustan las historias donde parece que no pasa nada pero en realidad pasa todo entre líneas, Cómeme, como Canción Dulce, son novelas para ti.


OBRAS SON AMORES: Yolanda Ortiz, MANOTAZOS AL AIRE


OBRAS SON AMORES: Rafael Alonso Solís, EL CANTO DE LA RAPOSA


OBRAS SON AMORES: Blanca Morel, PÁJARO SANGRE


lunes, 30 de octubre de 2017

Reseña de ALIMÉNTAME de Roman Simić en Cuentos pendientes

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic

Volver al cuento I: Aliméntame, de Roman Simic (Ed. Baile del Sol)

Hay épocas en las que se nos pasan incluso meses sin ver a nuestros amigos. A esos amigos de verdad, pocos, escogidos, decantados por el tiempo. Y no por ello dejan de ser nuestros amigos. A veces me pasa algo parecido con algunos autores, o incluso con todo un género (el relato corto) y una manera de entender la literatura y hasta diría que la vida (la del cuentista). En los últimos meses, después de más de un año trabajando en una novela larga, estoy dedicado, como escritor, al cuento. Por apetencia y por la beca de la Fundación Antonio Ródenas García – Nieto, que también impulsa y hasta cierto punto dirige el enfoque creativo de estos meses de trabajo. En ocasiones estás escribiendo novela y te apetece leer de todo menos novela, ahora yo estaba escribiendo cuento y me apetecía leer cuentos mientras tanto, pero cuentos que ya conocía y a autores que ya he leído y releído mil veces (aprovecho para apuntar un valor del relato: por mucho que nos guste una novela, el número de veces que podremos releerla a lo largo de una vida es necesariamente limitada, y ciertos cuentos podríamos releerlos casi a diario), más pendiente de los recursos técnicos o de buscar soluciones narrativas a mis propios problemas que de simplemente leer y disfrutar. Esos pocos autores o esos pocos libros o incluso esos pocos relatos escogidos que forman lo que los psicólogos llamarían mi zona de confort, por la que mis ojos se deslizan sin esfuerzo, y que me permite detenerme solamente en aquellos detalles en los que quiero detenerme.

La mejor manera de salir de esa zona de confort siempre es con brusquedad, con una patada que desequilibre la silla en la que estás y te arroje al suelo. Me han tumbado dos autores que han vuelto a recolocarme como lector. El primero del que voy a hablar es Roman Simic. Tenía desde hace un par de meses en casa su libro Aliméntame, y no lo había abierto. Y es uno de esos libros que te recibe con un buen puñetazo. Es un libro violento, también poético, también tierno, también lleno de recovecos y detalles que vale la pena degustar como lector, pero no por ello menos violento.

En cualquier caso, hace tiempo ya, en tu calle había un perro callejero, y un niño escribió sobre él: Croacia; otro lo ahorcó por eso, y empezó la guerra, por el perro y los niños. En otoño de 1991 yo venía de alistarme en un cuartel del Ejército Popular Yugoslavo al sur de Serbia, tú alargabas a la fuerza tus vacaciones de verano en una isla del Adriático y tu padre desaparecía en Vukovar. Y dices desaparecía como si fuese algo durativo, y explicas que entonces, hasta cierto punto, aún existía.

Simic trabaja en el equilibrio de tiempos verbales entre pasados continuos y presentes estancados, y creo que ese párrafo lo representa muy bien. Roman Simic es un autor más o menos situado en el star system (un término muy lejano al mundo del cuento, lo sé; hablaba hace un par de meses con un amigo de quién podía ser, para nosotros, el Messi del relato breve, y acabamos coincidiendo en que muy probablemente lo fuera Etgar Keret; pues bien, no tiene problemas para llegar a los aeropuertos y que los fans lo acosen, en demasiadas bibliotecas públicas ni siquiera tienen ninguno de sus libros) del relato breve europeo actual. Nacido en Croacia a principios de los 70, Simic ha dirigido un festival europeo de relato. Ha ganado los mejores premios de narrativa en Croacia, está traducido en Alemania y como destacan en la solapa, incluso en Serbia (destacable por las tensiones que siguen existiendo).

Baile del Sol sigue aumentando su catálogo balcánico, alimentando su valiosa colección DelEste. Y yo sigo cayendo rendido a los pies de cualquiera que trate de explicarme un poco más esa guerra absurda e innecesaria (y sí, ya sé que todas lo son, claro, pero esta más, esta es una guerra post – caída del Muro, una guerra nacionalista en los albores de la globalización, la guerra de los poetas que a falta de un mayor talento le cantaban a su pueblo y la guerra que nació del patriotismo deportivo, una salvajada alimentada desde dentro y desde fuera como si todos pensaran: no serán capaces, y oh, vaya, sorpresa, fueron capaces) que fue la de Yugoslavia. Roman Simic era un niño o era un adolescente o era un joven al que alistaron, o se alistó, en aquella década de los 90. Pudo ser todo eso y juega a esas múltiples recreaciones. Roman Simic nos mete en la piel de todos esos posibles yugoslavos y nos deja sudar dentro de esa colección de trajes humanos. Pero también vemos que la gente, incluso en la guerra, es gente. Y los adolescentes son adolescentes que se mueren de deseo por su vecina, o se acuerdan de algo, y hay quien siempre saca provecho de cualquier situación. Y luego se acaba la guerra y a quien más y a quien menos se le queda cara de posguerra. Y hay que seguir viviendo. O sobreviviendo.

Abro un tema de debate: ¿estarán en Croacia, en Eslovenia, en Serbia, en Bosnia tan cansados de las historias que parece que brotan en sus múltiples ópticas y versiones sobre la guerra de Yugoslavia en los 90 como lo estamos aquí de las novelas y películas ambientadas en la Guerra Civil española? ¿O les faltan otros 40 o 50 años para llegar a ese punto de hartazgo? No lo sé, sinceramente, por motivos tan obvios como que no conozco los países ni su prensa, ni siquiera un poco de sus idiomas, no puedo acceder a esa información. Pero como lector, creo que no. O creo al menos que no tienen por qué estarlo. Todos los libros que he leído en los que este conflicto es parte importante de lo narrado, aunque a veces no lo sea todo, me transmiten la sensación de viveza, de complejidad, de trabajo narrativo bien hecho, de autenticidad. En los libros que Baile del Sol ha ido sacando en DelEste (el gran David Albahari, pero no solo), pero también en Manual de exilio y Los bosnios, de Velibor Coliç (Periférica), en Esquirlas, de Ismet Prsic (Blackie Books), en los libros de Miljenko Jergovic (Siruela), me encuentro con narradores que dicen: éramos todos unos hijos de puta. Y a la vez éramos todos unos idiotas a los que manipularon. Y se señala a los instigadores, y se reparten cartas de la baraja de la culpa, pero no se exime a nadie, y desde luego nunca se exime al nosotros, sea cual sea en cada caso. Las historias de la Guerra Civil son siempre tan maniqueas, los personajes tan acartonados, los escenarios tan copiados, los malos tan malos y los buenos tan idealistas y buenos, que no sé, cuando empieza la película o la novela ya sé por dónde va a ir siempre. Y lo digo desde el convencimiento personal de que hubo unos que fueron los malos que dieron un Golpe de Estado contra un gobierno democrático y legal.

El libro no es una colección de relatos de los tiempos de la guerra. Ese es un sesgo lector mío. Yo veo algo que viene de la península balcánica y pienso en Karadzic y Mladic, y en aquellos geniales deportistas que estuvieron alimentando odios, al menos no frenándolos, en aquellos Boban, Divac y tantos más irresponsables. La sombra de la guerra está, pero no es la única. Hay década de los 2.000 y hay crisis, económica, social, existencial, no pasan en Croacia cosas muy distintas a las de cualquier otro lugar de Europa. Hay parejas que se hacen y se deshacen, hay enfermos, hay falta de expectativas laborales, hay hijos, sueños, desilusiones, pensamientos sobre la creación artística, hay precariedad croata. Destaco la cuchillada inicial de Zorros, y destaco la historia de amor desesperado de Esas chicas. Destaco también la crudeza con la que se abre la puerta trasera de la paternidad y la maternidad en Dos niños, un tema muy poco tratado en la narrativa contemporánea, y mucho menos por un autor que sea hombre, disfruto con el juego cruel y desmemoriado de Aliméntame y la figura del poeta loco de ecos bíblicos en Así habló Mayakovski.

No me gusta nada el título elegido para la colección, pero el autor manda, y el traductor (a lo que he colegido gracias a los traductores online) se ha limitado a respetarlo. No obstante, le doy la razón en que necesitamos quien nos alimente. Me inquieta esa mano casi zombi que nos saluda desde la portada. Uno de los instintos que siempre necesitan alimento es el del niño que fuimos al que le gustaba que le contaran cuentos antes de apagar la luz y tener que dormir. Ahora los cuentos nos los cuentan señores nacidos en un país que ya no existe y debemos leerlos nosotros mismos, pero parte de esa sensación se recupera cada vez. Decía John Cheever que un cuento es lo que te cuentas a ti mismo cuando estás en la sala de espera del dentista, en ese momento de tensión y angustia casi máximo, solo comparable (y perdón por la frivolidad que esta comparación supone) al corredor de la muerte. Es una alegría que de vez en cuando autores tan buenos y tan crudos, tan terriblemente sinceros, bellos y crueles, te lo recuerden.

Seguiremos leyendo, no solo cuentos.

Felices lecturas


miércoles, 18 de octubre de 2017

OBRAS SON AMORES: Alberto García-Teresa, OXÍGENO EN LATA


Reseña de 13 CÉNTIMOS de K. Sello Duiker en LIBROS PROHIBIDOS

K. Sello Duiker: 13 céntimos

13 céntimos. Libros Prohibidos
Título original: Thirteen cents
Idioma original: Inglés
Traducción: Alicia Delgado Moreno
Año: 2016
Editorial: Baile del Sol
Género: Novela

Una lectura de supervivencia

Estoy tan acostumbrado a los caminos trillados que cuando la voz del dios que obra sus milagros (y da sus latigazos cariñosos) dentro de esta santa casa me propuso leer una novela de un autor africano no pude más que elevar mis brazos al cielo y alabarlo. Soy tan atrevido, tan osado, tan, tan… patético. Sea como sea, a pesar de que el señor Duiker, perpetrador de la obra que hoy os traigo, resultó ser del país más occidentalizado de toda África, y no lo digo como crítica sino como constatación de que las sorpresas iban a ser menos; como digo, aun así, ha merecido la pena lanzarse a esta lectura. Me di cuenta, o constaté más bien, varias cosas. En primer lugar, mi ignorancia; porque este joven escritor, muerto en trágicas circunstancias (toma eufemismo y que viva la crónica de sucesos y el morbo), es más que conocido por sus latitudes, premiado y muy leído, y era un candidato ideal para que una editorial como Baile del Sol, que tiene sus raíces y querencias entrelazadas con el continente africano, recogiera el guante y se atreviera a traernos esta obra (a ver si también nos regalan la segunda de este autor: The Quiet Violence of Dreams). En segundo lugar, pude ver, una vez más, como el sufrimiento es similar en todas partes, como es posible conmoverse con Pepe el del bar de la esquina, pero también con un chaval que respira marginalidad porque no tiene más remedio y que habita en el otro confín del planeta. Es triste y al mismo tiempo apasionante constatar toda la realidad que hay oculta detrás de las distancias y de los referentes culturales más manidos. En Sudáfrica la gente resulta que respira y sangra como aquí. A muchos les parecerá una perogrullada esto que acabo de decir, pero, y es que los que hacemos Libros Prohibidos lo mismo reseñamos un texto que te lanzamos un reto empático, miraos dentro y decidme que no se os pone un nudo en algún lado del mecanismo cuando os lanzan a la cara alguna verdad como que para sobrevivir en nuestro propio pellejo necesitamos hacer el mundo más pequeño y, en consecuencia, lo falseamos. Pues bien, 13 céntimos hace eso, te dispara sin compasión, te amplía la realidad y te recuerda que hay otros mundos más allá de la borrachera del viernes noche, te sumerge en un entorno que pasa de la crudeza a la alucinación y de esta a la pesadilla. Paso a explicarme.
Pollos playeros sudafricanos (lo que yo creía que era)
Pues sí, para un ser humano medio, como yo, de intereses limitados y capacidades ni eso, Sudáfrica es pingüinos en la playa, tiburones mordiendo jaulas o focas, el Pistorius homenajeando a Puerto Hurraco, Nelson Mandela cuando ya era chachi y todos lo querían y, para los más futboleros, el dibujo de los tacos de un holandés en el pecho palomo de Xabi Alonso (gol, qué gol; vuvuzela, mundial, la roja, eso qué es. Para mí Iniesta siempre y solo será el que anuncia los helados o el doble de Eddie Munster). Pero resulta que no, que este país es mucho más y que esta historia apenas indaga en su parte más sórdida. Se centra en el contraste entre ricos y pobres, negros y blancos, personas y sombras. El autor nos presenta las calles de Ciudad del Cabo como una jungla en la que no duraríamos ni un segundo; no como Azure, el protagonista, que se las tiene que ver con esa calle cuya mención nos hace temblar y que los más cínicos preferirán considerar una licencia poética o un animal criptozoológico. Pero existe, vaya si existe, y Duiker nos la trae sin hervir, sangrando, sudando, cagando y, sobre todo, degradándose rápido, pudriéndose, muriéndose.
Debo entender lo que es ser un adulto si quiero sobrevivir. Es lo que me repiten. Crece. Deprisa. Muy deprisa. A la velocidad del rayo. Todo es así siempre. Rápido. Debes actuar rápido. Entender rápido. Si no, alguien te joderá. Te darán una paliza para que siempre lo recuerdes. Cuando vas al baño y sientes un dolor terrible en la barriga y en las pelotas, cada vez que te sientes recordarás que todo debe ser rápido.
La otra realidad sudafricana (sin pingüinos y nada idílica)
En 13 céntimos se nos cuenta, con un ritmo frenético y con prosa lacónica y que se apoya con frecuencia en los diálogos, la vida de Azure, un chico de la calle que pulula por la ciudad buscando qué comer o con qué calzarse; encontrándose por el camino a un caterva de seres depravados, maliciosos, distantes y dispuestos siempre a aprovecharse de su aún no perdida por completo inocencia. Se despliega ante nosotros un escenario siempre hambriento y que no perdona a la carne humana que lo transita. La miseria, la soledad, el paso a la adultez en un escenario de desprotección y la radical estratificación social son algunos de los temas presentes. También el racismo aflora de fondo en toda la lectura. Entre esta rigidez social se cuela lo mestizo, que aquí es signo de desarraigo y exclusión. Por ejemplo, los ojos azules del protagonista, ojos de hombre blanco, como metáfora de lo que acabo de decir, y que solo le causan problemas. Son su marca, su estigma y un recordatorio continuo de que para él es imposible aferrarse a nada o ser reconocido por nadie como una persona digna. Duro, muy duro, el vagar de este niño-hombre. Avanzamos con él, disfrutando los escasos momentos de belleza y calma de los que goza, deseamos protegerlo para que no caiga víctima del mundo derruido que le ha tocado habitar. Pero no podemos, no podemos.

Contiene verdades que pueden herir su sensibilidad

En definitiva, tenemos en 13 céntimos varios caminos hacia la degradación. Un niño que sabemos acabará mal. El reverso violento de nuestras idílicas construcciones sociales, en teoría tan avanzadas. La cultura del esfuerzo pero aplicada a ámbitos insospechados donde es mucho más efectiva —resulta que los tiburones con los que bromeaba antes caminan por las calles y comen vidas tiernas, oportunidades y sueños—. Este libro es una bofetada para el complaciente que tenderá a apartar la mirada ante el aprendizaje que la vida a la intemperie le da al chico de los ojos azules, que se escandalizarán viendo cómo lo moldean con técnicas no muy distintas a las que utilizaron con nosotros, los afortunados timoratos a los que nos tocó el lado luminoso de la vida. Este es el mensaje más potente que me llegó al leer el texto: la indefensión del individuo sin lazos sociales ante un sistema despiadado, necesitado de piezas de recambio, de engranajes de usar y tirar.
¿Qué significa eso? Que los adultos son malvados y te usan y usan sus hijos para usarte. Usan lo que pueden usar y cuando lo tienen quieren más. Nunca están satisfechos. No recuerdo a ningún adulto diciendo basta. Siempre quieren más. Incluso si ese más significa que debas trabajar hasta morir. Los adultos son lo peor. Son malvados. ¿Por qué me vigilan? ¿Qué tengo que no puedan lograr por su propio esfuerzo?
Se nos presenta la historia en medio de la ciudad desangelada, como si arrojaran a Azure y nos negaran sus antecedentes (que se desvelan de soslayo con un par de pinceladas que no hacen más que mantener y acrecentar nuestro desconcierto). Esta abrupta presentación de los hechos y los escenarios, la desconexión de los personajes con su pasado y la anticipación de un catastrófico futuro, son parte importante de 13 céntimos, la hacen transcurrir oscura, fatalista y siempre dando palos de ciego. Su esencia es un agujero sangrante, una ausencia pulsante, un dolor que nos avergüenza.
Leemos espoleados por un manejo desatado del léxico, por los párrafos incontrolados y exhibicionistas, por el morbo y la abyección, por la mierda en los espacios cerrados, por el olor de las prendas sudadas o de los alientos avinagrados; seguimos porque tocamos con los dedos el hediondo fluido que baja por las calles de Ciudad del Cabo hacia el mar y que no es más que maldad, traición, ambición, indiferencia y otros ingredientes que no podemos detectar, mezclados con rabia mal disimulada. 13 céntimos se lee como cuando nos arrancamos una postilla y seguimos hurgando en la herida, que se abre de nuevo exultante, fresca, como una erupción de sangre espesa y caliente. Queremos más degradación, estamos hipnotizados, queremos saturarnos hasta la náusea. Nos sabemos culpables y queremos nuestra catarsis.
El culpable de nuestra inquietud: Kabelo «Sello» Duiker
Y cuando estamos más excitados e incómodos, el autor hace que la novela vire (para mi gusto de forma demasiado brusca. Aunque en una obra tan vehemente era complicado esperar una concesión al lector). Se transforma en una experiencia chamánica cuando Azure huye de sus recorridos marginales habituales y se refugia en una cueva, se pierde en el vientre de la tierra, y todo comienza a ser simbólico y onírico. La narración se hace más complicada de seguir, pero entendemos que el chico termine así, necesita arder, desprenderse de la piel viciada que ha ido acumulando en su vida en las calles. Azure se está transformando y el narrador prefiere mostrárnoslo de forma alegórica más que con una convencional historia de redención. Cuesta coger el tono a este nuevo registro, pero para mí es un acierto. Retar al lector suele ser una solución más que válida.
La novela termina así, sin que sepamos cómo el protagonista sale de su experiencia de tránsito, sin que se nos clarifique su visión alucinada. Finaliza cortante e inesperadamente, como empezó, y nos damos cuenta de que hemos estado caminando entre dos planos, el físico y el espiritual, que hemos ido avanzando hacia algo para lo que no estábamos preparados. Nos sentimos partícipes, puede que algunos culpables o al menos removidos, hemos sido testigos de una carnicería y después de una especie de redención que no aporta respuestas ni certezas.

Abrir los ojos a lo que pasa fuera de nuestras rutinas

Puro descontrol y caos, guerra, selva urbana indómita. Un mundo sin valores que se derrumba (real y metafóricamente). Bienvenidos a esta cacería, a este juego de supervivencia darwiniana con zapatillas de marca y vino barato. Veréis en este libro bestias de todos los colores: pardas, negras, zarrapastrosas, lechosas y descoloridas, de suave piel de cordero, bestias de fuego y otras de alucinada belleza; todo un zoológico por el que pasean su hipocresía y crueldad los hombres educados (blancos, puros, habitando pulcras casas y dejándose tentar por pequeños vicios tolerables de consecuencias que prefieren ignorar) y que no se mezclan con los seres híbridos, con los piel de noche y playa, y solo los tocan para consumirlos de mil maneras, todas con apariencia de civilización.
Un libro de pocas páginas pero contenido inmenso. En sus líneas están todos los fantasmas de lo humano, esos monstruos oscuros que ocultamos y que afloran en cuanto nos quitamos el traje de ciudadano modelo. Sí, todos los tenemos; suelen aguardar furiosos en sus jaulas porque los reprimimos, no como Azure que va a su encuentro. Recuerden, en el tiempo que les dure 13 céntimos, no alimenten a los animales. Volverán a por más si lo hacen. Porque en este mundo que tenemos delante, entre nuestras manos, todos podemos ser la siguiente comida. Este libro es un recordatorio efectivo y desolador de que ese mundo existe aunque no lo atendamos.

OBRAS SON AMORES: Juan Miguel Contreras, LA MUÑECA RUSA